There is more day to dawn…

Whenever I feel inconsolable… Or worse, when I feel scared, hesitant and anxious about life’s impending doom, I try to turn to this passage of Thoreau’s Walden, which is very dear to my heart. I grew up reading it here and there in my father’s studio. I first discovered its version in spanish, and even though I often quote the original text, the spanish translation resonates in my memory like an alphabet song from kindergarten. It will stay with me forever. 

“I learned this, at least, by my experiment; that if one advances confidently in the direction of his dreams, and endeavors to live the life which he has imagined, he will meet with a success unexpected in common hours… In proportion as he simplifies his life, the laws of the universe will appear less complex, and solitude will not be solitude, nor poverty poverty, nor weakness weakness.”

…The sun is but a morning star.

Cortázar el caballero, el pescador de esponjas.

A propósito del centenario del tan entrañable Julio Cortázar y alentada por el torbellino de alabanzas y homenajes, me he dado el tiempo de reescribir un fragmento de una suerte de ensayo que él mismo publicó en 1977. No para hablar sobre su evidente y ya subrayado impacto en la literatura hispanoamericana y mundial; sí, en cambio, para resaltar cómo se marcó la huella de Cortázar en la dueña de estos párrafos, y para transmitir uno de sus muchos textos no tan conocidos. Fue después de que lo leí que me cautivó Cortázar el caballero (después claro de haberme cautivado Cortázar el cronopio). 

Sus líneas, más de corazón que de seso, fueron en respuesta a un tal José de la Colina (cuyas letras, admito, me parecen de una calidad sobrevaluada) quien unas semanas antes había publicado en el número 8 de la revista mexicana Vuelta, en la sección “letrillas”, un texto titulado "El ‘caso’ de Ramón Gómez de la Serna"

En este, él habla sobre la influencia silenciosa de Ramón Gómez de la Serna en la generación del ‘25, en los surrealistas, en Lezama Lima, y por vías indirectas, en Cortázar y García Márquez. De la Colina termina por escribir casi exclusivamente de Cortázar, y de cómo el argentino, tan espléndido y abierto con sus influencias, había “olvidado” admitir el influjo de las letras de Ramón Gómez de la Serna en las suyas propias: “La generosidad con que Cortázar manifiesta sus descubrimientos o redescubrimientos impiden sospechar de él olvidos voluntarios. ¿Ramón estará presente pero invisible?” Se preguntó De la Colina hace casi 30 años. 

A la sazón, Julio Cortázar decidió responderle de forma tan magistral como discreta (cómo lo hacen los caballeros), en un escrito poco célebre pero muy cercano a mí por su sencillez. Porque con él me gusta imaginar a Cortázar en vida; franco y amable. Se que poco le importa a los estudiosos de su arte, pero Cortázar además de un escritor hábil era, como tan rara vez ocurre con los autores de su calibre, un escritor al que no le turbaba la idea de demostrar su gratitud…

Los pescadores de esponjas

"La memoria es loca, lo tengo muy estudiado; a veces es también idiota, pero la locura por suerte puede más y en todo caso provoca conductas desordenadamente extravagantes del pensamiento y sus productos escritos. José de la Colina demuestra que en los míos falta una lógica, esperable y elemental referencia a Ramón Gómez de la Serna. En alguien que se complace fraternal y a veces filialmente en citar a sus autores seminales, a los arquitectos de su ciudad mental, la ausencia de Ramón se presenta como ingratitud y hasta como agravio. De la Colina se ha tomado el trabajo de buscar alguna referencia a Ramón a lo largo de tres libros míos que son verdaderas casas de citas, y no la ha encontrado; por mi parte, la confusión que me produjo esta noticia me llevó a hojear esos libros por las dudas y con alguna esperanza de poder desmentirlo; pero es así, y tiro la toalla.

La relojería de la memoria no me trajo jamás el nombre de Ramón mientras escribía Rayuela y mientras tantas sombras queridas iban y venían por La vuelta al día en ochenta mundos y por Último Round; tal vez lo más penoso frente al reproche que ahora se me hace es la certidumbre interna pero indemostrable de que , de que Ramón estaba y está ahí, por la sencilla razón de que no podía y no puede no estar; por amor, por admiración, por enseñanza, Ramón estaba y está.

(…) No me sorprende que José de la Colina pueda divertirse presentando a los lectores dos pasajes de mis libros que guardan un paralelismo evidente con otros dos de Ramón. Para un escritor sin complejos de inferioridad siempre es bueno que la crítica le señale influencias, y especialmente cuando las influencias están a la altura de un Ramón Gómez de la Serna. Yo en eso de las influencias soy de una considerable ceguera, por la sencilla razón de que nunca les he tenido miedo y por lo tanto no me las planteo jamás como problema. Escribo como me viene, a veces en estado casi mediúmnico, y a veces porque me gusta ver cómo salen nadando en el papel los pescaditos de las palabras. Un día, gracias a una tesis o un artículo, me entero de que Edgar Allan Poe o Franz Kafka (nunca he creído en la influencia de Kafka pero hay que hacerles caso a los hombres sabios) o John Keats (de veras, me lo han probado) o Ramón… Esta última es una buena noticia para mí, pues estar influido por Ramón es mucho más que la influencia en sí, abre una inmensa pantalla porosa por la que se mete una gran poesía, una aprehensión lúdica del mundo, un animismo de la palabra por así decirlo, y sobre todo una gran ternura por la vida y sus criaturas.

Cuando José de la Colina cita pasajes de Ramón y míos en los que ambos nos adaptamos (cito a Ramón) “al punto de vista de la esponja… la visión varia, neutralizada, sin predilecciones, multiplicada”, no sabe hasta qué punto me hace feliz. Mi pasaje correspondiente habla de participar lo más posible (me cito) “de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen peces del recuerdo, alianzas fulminantes de tiempos y estados y materias que la seriedad, esa señora demasiado escuchada, consideraría inconciliables”. Oh, Ramón, qué alegría descubrir que los dos éramos pescadores de esponjas, que bajamos juntos a buscarlas y a ser como ellas en nuestra vivencia de las cosas y su paso a la escritura. Por supuesto no me acuerdo de tu texto espongiario, pero es bien posible que lo haya leído allá en los años cuarenta y que un día haya puesto la mano sobre esa esponja que tú, mejor buzo que yo, habrías entrevisto primero entre las rocas del fondo.

Así, De la Colina tiene razón cuando dice que Ramón sigue estando en el aire de nuestra literatura actual, presente pero invisible como el aire. La injusticia de su olvido visible es fácilmente reparable si admitimos, como lo ha hecho él y ahora yo, que seguimos respirando el aire de Ramón, su lección inigualada de libertad y de imaginación, su búsqueda de diagonales cuadriculadas en las vías demasiado cuadriculadas de la realidad aparente. Yo le debo a Ramón conocimientos y líneas de fuga; los conocimientos me vinieron de escritores como Oscar Wilde, Baudelaire y Cocteau, mostrados por él y por fin en una perspectiva que los arrancaba a las convenciones de la época y los proponía como lo que fueron, maravillosas máquinas de escándalo en plena tradición pensante y clasificante. Las líneas de fuga me fueron propuestas desde la escritura misma de Ramón, su estilo que sin tener nada de oral resuena en el oído interno del lector como si leer fuera sobre todo escuchar.

Cuando se ha vivido en la intimidad de un agitador semejante, nada de lo que se escriba podrá situarse al margen de esa gran ventana sobre la libertad mental. Ese público silencioso que sigue fiel a Ramón y que José de la Colina define tan justamente, vale más que cualquier cosa que pudiéramos decir los que a veces hablamos de nuestras lecturas. Pero también es necesario nombrar explícitamente, puesto que con Ramón tenemos esa gran deuda que De la Colina nos invita a cancelar. Yo que llevo años pagando deudas de ese género, se llamen Felisberto Hernández o José Lezama Lima entre otros, digo aquí mi gratitud hacia Ramón. Y si en estas páginas he podido equivocarme alguna vez en las referencias y las citas, es porque mi biblioteca está muy lejos del lugar donde escribo; poco me importa, siempre preferiré citar de corazón que de memoria”. 

Cortázar es, para mí como para tantos más, uno de los arquitectos de mi ciudad mental.